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CEUTA 1415. LA ENTRADA DE CEUTA EN EUROPA. EL LEGADO PORTUGUES

LA ENTRADA DE CEUTA EN EUROPA. 1415. EL LEGADO PORTUGUÉS

Conferencia pronunciada en la Casa de Ceuta de Cádiz el día 21 de octubre de 2015 en el curso de la XV Jornada Cultural.




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ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL FARO DE CEUTA SOBRE LA TOMADA DE 1415

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¿CÓMO UN REINO TAN PEQUEÑO, COMO ERA PORTUGAL, PUDO HACER TANTO?
Domingo 9 de agosto de 2015

https://drive.google.com/file/d/0BzMXXcSghannTTRxVVRMS1ZQMjQ/view?usp=sharing

ZURARA Y EL 21 DE AGOSTO DE 1415
21 de agosto de 2015

https://drive.google.com/file/d/0BzMXXcSghannRHJJMXdrQVZNUHM/view?usp=sharing

¿Y AHORA QUÉ? 
31 de enero de 2016

https://drive.google.com/file/d/0BzMXXcSghanncERiVGxyWEVGNDA/view?usp=sharing



















Antonio Carmona Portillo
Doctor en Historia
Miembro correspondiente del Instituto de Estudios Ceutíes
De la Fundación de Historia Moderna
De la Asociación Española de Historia Militar
De la Asociación cultural Isla de Arriarán de Málaga

Un colectivo al que le obligan a olvidar su historia es un colectivo oprimido. Se puede ser más o menos crítico con lo ocurrido en otras épocas, pero lo que es evidente es que no se pueden juzgar los hechos que sucedieron en un contexto historio determinado con la visión del presente. En cambio es perfectamente honesto rememorar de vez en cuando la historia de esa colectividad, con el fin de extraer conclusiones y hacer confluir sensibilidades enfrentadas desde entonces. Este es el caso de la conquista de Ceuta por Portugal.
El estrecho de Gibraltar es sin duda una zona de fricción y como tal ha visto transitar por sus aguas a guerreros que de un lado a otro, con una atracción telúrica que obliga a traspasar los obstáculos para proseguir el camino trazado, trataban de conquistar una u otra orilla.
Como resultado de esta fricción entre dos civilizaciones han quedado unos lugares bajo soberanía española en la orilla africana del Estrecho, de la misma manera que si la historia hubiera sido otra, hoy tendríamos quizás algunos lugares de civilización musulmana en su lado norte. Es, por consiguiente absurdo proponer reivindicaciones basadas en líneas geográficas, cuando la Historia nos ha enseñado que la inquietud humana va más allá de estas barreras geopolíticas.

1.      La Ceuta pre portuguesa
Por desgracia la guerra es una lacra que asola a la humanidad y que escapa a la comprensión de quienes consideramos que los hombres, a pesar de su aparente irracionalidad, son capaces de solucionar sus problemas con el diálogo y no con la guerra. Pero la guerra es un hecho incuestionable que se presenta de manera cotidiana en nuestras vidas.
Como afirma el profesor Felipe Thamudo Barata, la paz y el estado de guerra eran endémicos en el Estrecho y no obra de los portugueses. En el siglo VII se produjeron en el actual solar de Ceuta asentamientos fenicios. En el siglo II los romanos establecieron dos provincias: la Mauritania Tingitana y la Mauritania Cesariense, en la primera de las cuales se encontraba Ceuta. En el 435 los vándalos pasaron por ella camino del norte de África después de arrasar gran parte de la Península. En el siglo V Justiniano decidió expandir su imperio bizantino y llegar hasta el norte de África y sur de la Península, conquistando Ceuta en el 534, convirtiéndola en una ciudad rica  y populosa. Los bizantinos cayeron en decadencia pasando Ceuta al control de los visigodos hasta que en el 709 fue conquistada por los musulmanes en tiempo del gobernador don Julián. Ceuta vivió una sucesión de destrucciones y repoblamiento fruto de la violencia de los musulmanes en lucha entre sí: los bereberes de Maykin, al que se le unieron inmigrantes de Medina Sidonia, los idrisies, que perdieron influencia en la zona por la irrupción de los fatimíes, que a su vez tuvieron que enfrentarse con el poderío de los omeyas de Córdoba. El 25 de marzo de 931 una flota omeya desembarcó en Ceuta expulsando a los fatimíes. Los omeyas permanecieron en la ciudad cerca de un siglo, durante el cual sufrió ataques de otros musulmanes como el asedio de los ziries. La decadencia de los omeyas de Córdoba causó la fragmentación del Califato y la aparición de taifas, como la que gobernaría Ceuta a manos de Ali Ibn Hammud, gobernador también de Málaga. Durante este periodo se sucedieron sus gobernadores, destacando al-Quasin y Suqut al-bargawati, hasta que en 1079 los almorávides se hicieron con el control de Ceuta. Yusuf y sus descendientes la utilizaron como base para atacar Algeciras, Córdoba y Coimbra.



Tabla 1 EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE CEUTA
DESDE LA ANTIGUEDAD HASTA 1415

Fechas
Incidencias
Siglo VII.
Asentamientos fenicios en Ceuta.
Siglo II
Formación de las provincias romanas en el Magreb.
435
Vándalos pasan al norte de África
534
Los bizantinos conquistan Ceuta
711
Conquista musulmana : presencia de idrisies y fatimíes
931
Omeyas
1024
Bajo el reino taifa de Málaga. Ibn Hammud.
1061
Señorío independiente de  Suqut al-Bargawati 
1084
Almorávides.
1147
Almohades.
1231
Ibn Hud de Murcia
1236
Benimerines
1242
Hafsies
1249
Azafíes
1305-1309
Nazaríes
1309
Benimerines con ayuda de Aragón
1310
Azafíes
1327
Benimerines
1384
Nazaríes
1386
Benimerines
1415
Conquista portuguesa
A la caída de los almorávides, tomaría el relevo los almohades (1147) que reorganizaron la ciudad y establecieron una flota con la que atacaron a sus correligionarios del reino nazarí de Granada. La caída de los almohades provocó una segunda etapa de reinos taifas, siendo Ceuta gobernada en 1231 por Ib Hud de Murcia. Poco después se convirtió en un reino independiente bajo el poder de los azafies, con ciertas relaciones con los decadentes almhoades (1249-1327). Entre 1305 y 1309 fue administrada por los nazaríes, pero en este último año las tropas merinies entraron de nuevo en Ceuta donde permanecieron hasta la conquista portuguesa en 1415.
No fue pues la de Ceuta una historia donde no imperase la violencia propia de la edad media, por lo que considerar como única la portuguesa es injusto. En todo caso podríamos decir que a partir de la conquista de Ceuta por Portugal, no hubo esa sucesión tan fluida de usurpaciones y conquistas como lo había habido desde más de ocho siglos.
La guerra y la barbarie, pues, no es patrimonio de algunos, sino de muchos. Y un eslabón de esta cadena fue que el 21 de agosto de 1415 una escuadra portuguesa conquistó la ciudad meriní de Ceuta, y este hecho, del que ya hace 600 años, cambió por completo la historia de una ciudad que hasta entonces había sido solo un lugar de paso entre ambos continentes y disputada constantemente por unos y otros. Pero en el conjunto de los pueblos que señorearon Ceuta, a día de hoy, el tiempo en el que esta ciudad fue cristiana es superior al que lo fue musulmana.

2.      Causas de la conquista.
¿Por qué fue Ceuta la elegida por Portugal para iniciar su expansión marítima? Se han barajado tres grupos de teorías: las que proponen causas geopolíticas; las que afirman que la conquista de Ceuta tuvo una razón caballeresca, propia de la edad media y, finalmente, las que apuntan a causas puramente económicas. Ahora bien, la causalidad de los hechos históricos nunca es única, sino que hay que acudir, en la mayor parte de los casos, a la multiplicidad de razones, aunque eso sí, con una prelación clara. Veamos algunas de estas teorías.

Teorías geopolíticas:
Ya en 1416 el Livro dos Arautos, obra en lengua latina escrita para los embajadores que fueron al concilio de Constanza, contiene una explicación geopolítica: la conquista de posiciones norte africanas se debió a evitar los daños provocados por los musulmanes en la península Ibérica.
En 1874 el Cardenal Saravia insistía en que los continuos ataques de los musulmanes a las costas peninsulares, unido a la enemistad ancestral con el Islam, fue lo que motivo esta conquista. Algunos investigadores portugueses ven en la teoría de Saravia, sin embargo, una causa económica.
David López en 1925 era partidario de razones geopolíticas, ya que ni había cereales en Ceuta ni era ese emporio de riqueza que algunos apuntaban. La continuidad de la reconquista y el control naval del Estrecho que se arrebataba a los musulmanes, fueron a su entender, las principales causas de la conquista de Ceuta.
Bensaúde en 1929 lanzó la propuesta de que esta conquista tenía como objetivo luchar contra el poderío de los turcos, lo que sitúa esta teoría en el grupo de las causa geoestratégicas.
De Sousa Soares defendía en 1962 que la empresa de Juan I había tenido como causa acabar con la piratería y el corso islámico.
Días Dini establecía, también en 1962, la continuidad de la reconquista como causa de la toma de Ceuta, con especial referencia a evitar que el Magreb reforzase al reino nazarí de Granada.
Otros autores que se adhirieron a la teoría de la reconquista fueron: Luis Felipe Reis Thomaz (1994); Luis Adao da Fonseca (1978); Jorge Borges de Macedo (1987) y Antonio Días Farinha (1990).

Teorías caballerescas
En 1450 Gómez Eanes de Zurara defendió que la conquista de Ceuta se llevó a cabo para celebrar la victoria de Aljubarrota, —que significó la independencia de Portugal de Castilla—, con una hazaña en la que fueran nombrados caballeros los hijos del rey Juan I: Enrique, Duarte y Pedro. Fue el veedor de Hacienda de Portugal el que propuso Ceuta. Esta tesis ha sido a partir del siglo XIX contestada por muchos historiadores. No entendemos cómo se tiende a celebrar una hazaña bélica con otra hazaña bélica. Tampoco se entiende que sea motivo suficiente para armar tan gran flota, llevar a cabo tan exigua celebración y, finalmente, ha llamado la atención de algunos el hecho de que fuera precisamente el Veedor (Ministro de Hacienda) el que propusiera la ciudad de Ceuta, lo que apunta, sin lugar a duda, a otras causas más crematística en la base de tal decisión.
Joao Lucio de Azevedo retomó en 1929 la tesis caballeresca o nobiliaria, con un argumento añadido: el de mantener a la nobleza lusa ocupada tras la finalización de la reconquista.
Mario de Alburquerque en 1930 también hacía referencia a la nobleza desocupada como causa de la conquista de Ceuta.
Otros autores que defendieron esta tesis fueron: Baltasar Osorio (1933); Alexandre Lobato (1985) y Joao Silva de Sousa (1991)

Teorías económicas
En 1919 Antonio Sergio se inclinó por responder a la pregunta de la causa de la conquista con razones económicas, y para ello rescató de la tesis de Zurara el hecho de que fuera precisamente el Veedor quien aconsejara al rey de Portugal que se tomara Ceuta, por su situación estratégica y por confluir en ella las riquezas de Oriente y el trigo del Magreb.
Oliveira Martín apunta en 1983 a razones económicas: la apertura hacía Oriente donde existían especias.
Más recientemente, en 2004, Vega Simoes, esbozaba la teoría de que la conquista de Ceuta, como primer eslabón para una expansión marítima de Portugal, tenía como objetivo solucionar la crisis económica que asolaba al reino luso en 1415.
Vitorino Magalhaes Gordinho destacaba en 1978 el valor estratégico de Ceuta para obtener el oro del Sudan y el trigo de Marruecos.

Teorías multicausales
Como decimos, los hechos son consecuencia de un conjunto de causas, aunque entre ellas exista siempre una jerarquía. Esta es la tesis usada por algunos investigadores para explicar la razón por la que Juan I y sus hijos decidieron tomar Ceuta.
En 1923 Luis Texeira de Sampayo apunta a razones estratégicas y económicas.
Jaime Cortesao es otro analista que se inclina en 1975 por buscar la multiplicidad de causa, que en síntesis vendrían a ser: causas económicas, especificadas en el oro del Sudán; y causas geopolíticas en el control de la piratería.
Oliveira Marques sintetizó una serie de causas que tenían como base no la expansión ultramarina de Portugal, sino la idea de reconquista de los siglos XII y XIII, a la que añade las manifestaciones expansionistas europeas en el Mediterráneo en los siglos XIV y XVI.
Antonio Borges Coelho consideraba una serie de razones como el dominio del Estrecho, la posesión de una base para el corso y la apertura del comercio del oro del Sudan (Níger).
En estos últimos tiempos se han añadido principios teóricos: como el afán de lucro de ciertas clases sociales portuguesas y la importancia capital del comercio y de la navegación, a lo que se añade la consideración de la Tomada como una obra colectiva portuguesas y la necesidad de que cada uno de los sectores sociales que contribuyeron a ella recibiera su parte.
Dos cosas se hacen evidentes después de lo dicho: en primer lugar que debemos de hablar de causas y no causa por las que Portugal decidió conquistar la ciudad de Ceuta, y que en un orden de prelación necesario, la economía sería la causa dominante; y en segundo lugar se constata el escaso interés que la historiografía española ha mostrado por este hecho tan trascendental, ya que solo encontramos autores portugueses en este debate.

3.      ¿Qué sucedió el 21 de agosto de 1415?
3.1.la cuestión de las fuentes.
A pesar de todo lo que se ha escrito sobre la conquista de Ceuta por Portugal, aún quedan muchas incógnitas por resolver a causa de la fragilidad de las fuentes que nos permitan conocer qué es lo que realmente sucedió en la ciudad el 21 de agosto de 1415.
Según Luciana Fontes no fueron los portugueses los primeros en divulgar las hazañas de su expansión marítima, sino los extranjeros, como el italiano Luis de Cadamosto y algunos prelados del resto de Europa, que se afanaban en editar los textos que hablaban de las conquistas portuguesas en defensa de la universalidad de la Iglesia. Las razones que algunos han dado a esta opacidad son que los portugueses no querían desvelar sus avances en la navegación, aunque la divulgación no fuera en muchos casos técnica; o que el portugués era más hombre de acción que de reflexión. Además, a pesar de que no se puede negar que los capitanes de las naves eran instruidos en la descripción de lo que veían en sus viajes, ninguno de sus relatos ha llegado a nosotros.
Las fuentes directas sobre la conquista son escasas. El rey Manuel I fue el primero que se dedicó a divulgar las proezas de su reino a través de cartas en 1499, aunque no se conoce la correspondencia original. Otras fuentes son esporádicas epístolas como las enviadas por Ruy Díaz —espía de la corona de Aragón— a su rey cuando Juan I de Portugal preparaba su armada, para informarle si se dirigía a algún punto del Mediterráneo que estuviera bajo su soberanía.
Esto nos obliga a ponernos en mano de cronistas como Gomes Eanes de Zurara, Fernão Lopes, João de Barros… o a aquellos que le han seguido como Mascarhenas o Correa da Franca. De todos ellos, el que universalmente ha sido más empleado en los textos modernos es Gomes Eanes de Zurara.
Era hijo de Johanne Eanes de Zurara, consejero de Coimbra y de Evora. Sobre la fecha de su nacimiento solo sabemos que en la Crónica da Tomada de Ceuta, acabada el 25 de marzo de 1450, afirma que en esa fecha ya había pasado a la tercera edad del hombre, que según la teoría contemporánea de Galeno comprende la mocedad, y que abarcaba desde los 25 a los 40 años. Puesto que Zurara refiere en su texto que aún no había completado esa tercera edad se podría decir que cuando terminó la Chronica del Rei D. Joam I de boa memória. Terceira parte em que se contam a Tomada de Ceuta, tenía 40 años, por lo que el año de su nacimiento sería 1410, es decir, cinco años antes de la conquista de Ceuta.
Mayores discrepancias hay sobre su origen, que se ha tratado de averiguar a través del toponímico de su apellido. Soares de Brito dice que nació en la villa de Azurara de la diócesis de Oporto, si bien, otros, como José Carreira da Serra, piensan, con más acierto, que nació en Azurara da Beira, en el distrito de Viseu.
Zurara comenzó tarde su preparación literaria, posiblemente después de los 14 años. El mismo considera que su aprendizaje se lo debía al propio rey Alfonso V, ya que en los siglos XV y XVI los mozos de la nobleza recibían educación en el palacio Real, donde les enseñaban gramática portuguesa y latín. Todo indica que fue admitido en dicho palacio para el servicio de guarda y custodia de la biblioteca real y que, llegado a oídos del rey Alfonso V su buena disposición para los estudios, le mandó enseñar como a los hijos de los nobles.
En 1451 era ya guarda-conservador de la Biblioteca Real de Portugal y cuatro años más tarde, en 1454, tras la muerte de Fernão Lopes, fue nombrado guarda mayor del archivo de la Torre da Tombo, además de ostentar el título de Comendador de la Orden de Cristo. Desde 1454 hasta 1468 completó una serie de crónicas de los reyes y miembros de la nobleza, así como de gestas lusitanas. En la primera, escrita en 1450, a petición de Alfonso V (1432-1481), narra las hazañas de Juan I que Fernão Lopes había dejado inconclusa. En su tercer libro inserta la toma de Ceuta. En 1453 escribiría la Chronica do Descobrimento e Conquista da Guiné; en 1463 la Chronica do Conde D. Pedro de Menezes; y en 1468  la Chronica do Conde D. Duarte de Menezes. 
Gozaba de gran erudición literaria, propia de pocos hombres de su tiempo en Portugal, siendo uno más de los que se interesaron por el Renacimiento como en Italia y en España. Sus conocimientos no eran muy profundos, pero sí muy extensos, adquiridos por la convivencia con los hijos de los infantes y de los libros de la biblioteca real. Tenía grandes conocimientos de autores como Dante o Bocaccio, de la Biblia y de escritores romanos y griegos, así como de historia, cosmografía y astrología.
Lo que quizás más nos interese aquí es su formación como historiador. Su método se basaba en la fidelidad a lo clásico, con abundantes citas de tratados literarios, históricos, filosóficos y científicos, no sólo griegos y latinos, sino también árabes y hebreos. En este sentido no debemos olvidarnos de la aportación a su obra del judío Abraham ben Samuel Zacuto.
Las crónicas en el siglo XV, que es cuando las escribe Zurara, eran consideradas como verdades inapelables y con ellas no se buscaba recuperar el pasado, sino mantener viva la memoria del reino, además de servir como ejemplo— en especial a los reyes—, de las gestas de sus antepasados, como sucedería con don Sebastián, para quien fueron la inspiración de su loca aventura africana. Las crónicas eran, pues, sinónimo de historia y símbolo del saber medieval. Como afirmaba el propio Zurara en las Chronica do Descobrimento e Conquista da Guiné, "la función de los escritos era garantizar a los descendientes el conocimiento de los hechos pasados y mantener en la memoria las gestas portuguesas".  Y de modo general las crónicas también fueron hechas para que sirvieran de ejemplo a los gobernantes para futuras conquistas, especialmente en una vertiente moralistas, mostrándose más eficaz en esta que en otras de sus funciones.
Si bien Fernão Lopes embarcó para América para escribir la historia de los descubrimientos e conquista da India pelos portugueses, porque pensaba que el cronista debía ser testigo en primera persona de los acontecimientos para elevarlos a la verdad, no ocurrió precisamente eso con Zurara, ya que escribió la de la conquista de Ceuta cincuenta y nueve años después de los hechos, en los que él no estuvo presente obviamente, aunque se admite universalmente la utilización de testimonios de quienes estuvieron en Ceuta en agosto de 1415. En este sentido sería de mayor utilidad la historia de Antoine de La Salle, natural de Provenza, pero por desgracia su obra (Consolaçoes dirigidas a Catharina de Neufville, senhora de Fresne, Coimbra,) publicada en facsímil en 1933, es difícil de conseguir.
Tanto para Zurara como para Barros y Fernão Lopes, la predestinación divina tuvo un papel primordial en la expansión portuguesa, lo que garantizaba el éxito de la navegación, idea que tuvo su principal y primer valedor en el propio infante don Enrique. Algunos ejemplos del concepto profético de los hechos históricos en Zurara son altamente significativos y entre ellos destaca el que hace referencia a Fernando Álvarez Cabral, hijo del capitán Luis Álvarez Cabral, veedor del infante don Enrique. Estando al mando de una de las mayores embarcaciones de la flota que se dirigía a Ceuta, tuvo alucinaciones que hicieron pensar a los médicos si se trataba del contagio de peste que asolaba Lisboa. Pues bien Zurara interpreta este hecho como la profecía de lo que luego le ocurrió a Fernando Álvarez Cabral: su muerte en el cerco de Tánger en 1437 al servicio del infante Enrique el Navegante.
Otros episodios de la conquista son narrados por Zurara con tal dosis de retórica que hace que su validez como historiador sea puesta en duda. Gómez Barceló nos cuenta como Juan Ruiz, enviado por el rey Juan I a Tarifa para informar de la victoria a su gobernador, Martín de Portocarrero, emparentado con los Meneses, afirmó lo bien guarnecido que estaba el castillo de Ceuta, “lo que tenían los moros preocupados para usar en su defensa” y que incluso antes de partir de Ceuta rumbo a Tarifa para comunicar a su gobernador el resultado de la expedición, aun no se había conquistado. Sin embargo inmediatamente afirma que al alejarse vio las banderas portuguesas sobre sus torres. Tal rapidez en la toma de un castillo tan “bien defendido” y que según Zurara, mostraba “tanta dificultad”, solo puede explicarse por el deseo de exaltar el valor de los portugueses ante las grandes dificultades bélicas.
El hecho de que Zurara aborde la historia de la toma de Ceuta desde un punto de vista oficialista no debe sorprender a nadie. Según mantiene Josiah Blackmore, hay un fuerte y explícito telos en funcionamiento en la historia de Zurara acerca de la temprana conquista africana; es como si la victoria portuguesa respondiera de alguna manera a los mandatos de los cielos, o fuera incluso un cumplimiento de las escrituras (con todo el bagaje teológico que esta segunda noción conlleva).
El simbolismo que según Barletta llena las páginas de Zurara, elimina cualquier acercamiento a tesis científicas sobre conceptos materiales de la conquista de Ceuta. Es decir, Zurara trata de expresar con su obra las razones medievales, occidentales y cristianas de la conquista, y no darnos detallados informes de cómo esta se efectuó. Lo que persigue en su libro es definir el concepto portugués de imperialismo, que, según Barletta se basaba tanto en la razón como en la fe.
Por ejemplo, en el pasaje en el que narra la muerte de la reina Felipa de Lancaster unos días antes de la partida de la flota, Zurara enaltece los lazos naturales de vasallaje, dado que Juan I se había convertido en rey de Portugal debido, en gran medida, al apoyo directo del padre de Felipa, Juan de Gante (1340-1399). Además el simbolismo del cronista de Alfonso V es tan evidente que no solo alude en el caso de la muerte de la reina a la doctrina cristiana, sino que se acerca también a la exaltación del Imperio Romano, del que Portugal debía sentirse heredero. Cita, por ejemplo, palabras de Quinto Ennio (239-169 a.C.), poeta romano para quien solo podrá vencer a su muerte si se siguen recitando sus poemas. De la misma forma, Portugal persistirá si se seguían recitando sus gestas, aunque sus “versos” fueran pura invención del intelecto emocional y no fórmula de realismo histórico. Para mí no cabe duda de que Zurara tenía la obligación del cronista medieval de exaltar la fama terrenal del rey.
En otra de sus obras La crónica do Conde D. Duarte de Meneses  hay otros indicios de la intencionalidad del cronista de soslayar la realidad histórica, los hechos en sí mismo, a los que considera como meros instrumentos de su cruzada. André Luis Bertoli razona que para Portugal el modelo de guerra en el norte de África era el de la guerra santa y justa, porque trataba de recuperar los territorios que alguna vez pertenecieron al cristianismo, por lo que estas guerras adquirían unas funciones religiosas y políticas al mismo tiempo.
Es pues perfectamente factible que a la hora de narrar los hechos que llevaron —en las ocasiones que lo hicieron— a los cristianos al triunfo, se trate por todos los medios de magnificar el poder cristiano y hacer que las batallas fueran lo más cruentas posibles. Por eso, otros escritores como Antonio Días Farinha, no duda en afirmar que los valores religiosos en la gesta norteafricana, servían para que Portugal ganara privilegios y gratificaciones de la Iglesia, imponiéndose de esa manera a Castilla en el camino de la santidad por la guerra.
Tratar, por lo tanto, de descubrir en los textos de Zurara, tan literarios y simbólicos, lo que realmente ocurrió aquel día de 21 de agosto de 1415 en Ceuta, es cuanto menos problemático, y descender al detalle de los enfrentamientos, decapitaciones y fiereza en la lucha, es nadar en el mar de la pura especulación.
Por ejemplo, sería imposible cuantificar la mortalidad tanto de un bando como de otro porque carecemos de datos demográficos para ello. Ni tan siquiera se sabe exactamente cuántos habitantes tenía la Ceuta meriní. Es, pues, irrelevante las apreciaciones del cronista sobre la mortalidad, y solo nos vale para afirmar que hubo muertes, como por desgracia las hubo, y las hay, en todas las guerras.

3.2.El 21 de agosto de 1415
Habría que comenzar diciendo que la tentativa de poner pie en tierras africanas no era exclusiva de Portugal, ya que en las Cantigas de Alfonso X se habla de llevar a cabo gestas de este tipo:

E porend' a igreja sua quita e iá,
que nunca Mafamede poder haverá,
ca a conquistou ela e demais conquistará
Espanha e Marrocos, Ceuta e Arzila.

Pero fue Portugal quien finalmente decidió la conquista. Antes de llevar a cabo cualquier preparativo, el rey Juan I envió una embajada a Sicilia capitaneada por el prior de la Orden del Hospital, cuyo objetivo ficticio era el de concertar el casamiento de la reina con el infante don Pedro en la certeza de que sería rechazado. El auténtico motivo era, sin embargo, pasar por Ceuta para, tanto a la ida como a la vuelta, estudiar el terreno. Al contarle lo que habían visto, el Prior garantizó a Juan I la victoria.
La reina Felipa de Lancaster, enferma de peste, conocía que el objetivo era Ceuta y lo aprobó, pero temiendo los peligros por los que podía pasar Portugal si morían Joao I o algunos de sus hijos mayores, puso la condición de que los hijos menores, Fernando y Juan permanecieran en el reino. El monarca no consultó a las cortes, contrariamente a lo establecido en las de 1385 para no levantar el secreto de la expedición. Esto le impedía poner un impuesto para sufragar los gastos, por lo que optó por recabar toda la plata y todo el cobre posible para acuñar monedas con nuevo valor nominal, con lo que terminaría por elevar la inflación.
Después convocó el Consejo en Torres Vedras que dio su apoyo a la empresa. Los preparativos se hicieron en Oporto, donde se organizó una flota comandada por el infante Enrique y que arribó a Lisboa en mayo de 1415. Pero en esos momentos la peste asoló a la ciudad, causando incluso la muerte de la reina doña Felipa de Lancaster, que, según la leyenda, había bordado la bandera que fue llevada a Ceuta como estandarte de las fuerzas portuguesas. Además entregó a sus hijos unos fragmentos de la Santa Cruz y una espada a cada uno. De esta manera se certificaba, según Zurara, la cruzada como objetivo de esta empresa. Después de la muerte de la reina, el 18 de julio, los infantes Pedro, Enrique y Duarte, que eran quienes realmente comandaban la expedición, partieron hacia Restelo, desde donde saldría la armada el 25 de julio.
Otra de las incógnitas con las que nos encontramos es el del número de navíos y de combatientes. Solo contamos con especulaciones. Así se piensa que los navíos fueron entre 100 y 270, según las diferentes versiones como las de el alférez mayor Joao Gómez da Silva, Mateo Pisano, Zurita o Ruiz Díaz, el mencionado agente al servicio del rey de Aragón. En cuanto a los combatientes ―entre los que había muchos extranjeros incluido castellanos―, hay quien dice que fueron 50.000 (Zuritas) mientras que otros, como el espía aragonés, hablan de 19.000 además de los 1.700 mareantes. Por su parte, Joao Gómez da Silva cuantifica la expedición en 7.500 hombres de arma, 5.000 ballesteros y 21.000 peones. Como se ve, unas cifras tan cambiantes que solo podemos decir que la armada era realmente grande. Zurara describe que, según los testigos que le narraron el hecho, “al avistarlo, los de Tarifa la tuvieron a la vista. Y porque veían tamaña multitud de flota, como nunca la vieron ni esperaron en aquel estrecho, estaban muy maravillados”. Luego al recoger las velas y desaparecer del horizonte su trapo, creyeron que se trataba de una aparición, viniendo esta narración a engrosar el carácter novelesco de la exposición de Zurara.
¿Cuándo se puede hablar de gran armada? Los datos que poseemos de otras intervenciones militares en esta zona siempre nos dan cifras aleatorias que a veces son enormes para conquistar un pequeño trozo de tierra, mientras que en otras ocasiones la cifra es tan ridícula que es impensable que sirviera para lo que nuestros cronistas afirmaban. En 1546 por ejemplo, Bartolomé Estopiñán saqueó Larache con solo 28 bergantines y 600 hombres, y a principios del siglo siguiente el Marqués de Santa Cruz necesitó entre 7.000 y 8.000 hombres para un intento fallido de tomar la ciudad. La cuestión es que las armadas se formaban mediante asientos con particulares y en esto intervenía mucho el interés de lo asentistas en la empresa que la Corona le proponía.
Los portugueses pusieron rumbo al Estrecho el 7 de agosto. Hicieron escalas en Cádiz y Tarifa y, el día 9, tras esperar la caída de la noche, penetraron en el Estrecho y anclaron el día 10 frente a Algeciras, donde recibieron el vasallaje de los nazaríes que acudieron ante el temor de que fueran a atacar su reino. El día 12 se dirigieron por fin a Ceuta, pero la fuerte niebla dificultó las maniobras y las naos fueron arrastradas por la corriente hacia Málaga. Sin embargo las galeras, las fustas y las demás embarcaciones ligeras sí que alcanzaron su destino, donde fueron recibidos con los disparos de la artillería musulmana, que no los alanzó por estar todavía lejos. El día 14 Juan I reunió al Consejo y tomaron la decisión de anclar en Barbacote, al sur de la ciudad, en la hoy denominada Punta del Desnarigado, hasta que llegasen las naos que se habían extraviado. El día 15 algunos portugueses desembarcaron y se registraron escaramuzas con los moros en la playa, aunque pronto se retiraron los atacantes. Este hecho puede haber sido la causa de que algunos historiadores pensaran que fue el día 14 y no el 21 cuando se tomó Ceuta. Dos días después se decidió el ataque por el flanco sur, pero sobrevino otra tormenta y la corriente de nuevo se llevó a las naos hacía Málaga, mientras que las galeras fueron a parar a Algeciras.
Para algunos esta tormenta fue providencial para los portugueses, porque al dispersar la flota y no atacar por el sur de la ciudad evitaron cometer el error de intentar tomar la ciudad por el sitio más difícil, donde iban a ser recibidos por una gran parte de los defensores. Los ceutíes al ver marchar a la flota creyeron que el peligro había terminado y relajaron su guardia, regresando algunos de los que habían llegado desde los lugares cercanos a sus pueblos.
El día 19 volvió a reunirse el Consejo y muchos opinaron que se debería regresar a Portugal. Otros dijeron contentarse con la conquista de Gibraltar. Pero no faltaron los que defendían continuar con el proyecto inicial hasta concluirlo. Entre ellos los infantes siempre entusiastas. Los partidarios de continuar afirmaban que sería un gran escarnio no culminar aquella tan gran y publicada expedición con el éxito de su objetivo. Por otra parte, a los que habían esgrimido la idea de que era mejor tomar Gibraltar, se les dijo que también podría ser considerado como un fracaso el hecho de conquistar una pequeña ciudad, en vez de una tan grande como era Ceuta.
El rey envió la armada hacía punta de Carnero, a la entrada de la bahía de Algeciras, y al día siguiente comunicó al Consejo su decisión: Ceuta sería atacada. La flota que comandaba el infante Enrique, junto con Duarte, iría a anclar en la Almina; la que comandaba el rey con el infante don Pedro lo haría en el centro de la ciudad para despistar a los moros, que supondrían que ese era el ataque principal y dejarían desguarnecida la Almina. Una vez asaltada esta se enviarían refuerzos y Juan I desembarcaría entonces.
Resulta una táctica un tanto pueril, pues el estrecho espacio entre una parte y otra de de la ciudad podía ser recorrido en breve tiempo cuando se descubriera el verdadero lugar de desembarco.
Este tuvo lugar el día 21 a la hora prima. Zurara, con su estilo literario, dice:
“Eo sol començaba ja aqueecer, anojauamsse os homees porque tamto tardava o signall, que lhes auia de seer feito pera sahirem em terra”
El primero que se lanzó sobre las playas de Ceuta fue Joham Fogaza, veedor del conde de Barcello. Impaciente por tocar tierra, puso su bajel proa a la playa, y Ruy Gonzalvez fue el primer portugués que pisó suelo ceutí.
Pero contraatacó Sala ben Sala con tanta fuerza, que impidió el avance, de tal manera que el infante Enrique el Navegante mandó que las demás naves se acercaran a la playa. Pronto saltaron otros portugueses a tierra, llegando al número de 150. Empujando a los moros que había salido a defender la playa llegaron a la puerta de la Almina, que estaba abierta para que aquellos defensores que habían salido a luchar a la playa pudieran regresar. Vasco Eannes Corte Real fue el primero que la cruzó.
Una vez dentro se pensó en detener la batalla hasta que llegara el rey Juan I, pero el infante Duarte dijo que no le parecía bien ya que de esa manera podían los moros cerrar la puerta y cogerlos por sorpresa dentro.
El gobernador de Ceuta Sala ben Sala, cuando fue informado de la entrada de los portugueses, ordenó cerrar la puerta de la Almina, pero ya era tarde, pues el ejercito de Juan I ya había ocupado la ciudad. El gobernador, según de Zurara, lamentó entre sollozos la perdida de Ceuta, mientras ordenaba a su guardia que pusiera a salvo a las mujeres y los niños. En realidad en esos momentos no llegaba a medio millar de soldados portugueses los que habían entrado y muy posiblemente si se hubiera tratado de defender la plaza en vez de huir, los merinies hubieran podido expulsar a los portugueses. Juan I se dio cuenta de este hecho y ordenó desembarcar al resto de los soldados que tomaron la ciudad.
También favoreció a los portugueses el hecho de que en el camino desde el actual San Amaro hasta el palacio del gobernador, en la plaza de África, corrían juntos portugueses que avanzaban y merinies que retrocedían para refugiarse en el castillo, lo que impedía que desde las almenas de las murallas se les lanzara piedras por parte de los defensores. El caso de la mora que lanzó una sobre la cabeza del caballero Vasco de Ataide, causándole la muerte, fue anecdótico.
Entrada ya la noche el rey ordenó a Juan Vaz de Almada que colocase en las almenas del castillo la bandera de San Vicente, que era la del patrón de Lisboa. Cuando Juan Vaz se acercó a la puerta del castillo que estaba cerrada se asomaron dos hombres, un vizcaíno y un genovés, que le advirtieron que no derribaran las puertas porque ellos no tendrían ningún inconveniente en abrirles, ya que los moros lo habían abandonado todo. Quiso hacer lo mismo el infante Pedro con la torre de Fez, cosa que solo consiguió después de una dura lucha contra los que aun la defendían.
El número de muertos no es constatable de ninguna de las maneras. Zurara habla de que después de la conquista las calles quedaron cubiertas de cadáveres, que el rey ordenó fueran arrojados al mar, pero no cita cifra ni siquiera aproximada. Este autor dice:
Entodollos liuros estoreaaes custumarom sempre os autores de emmentar assy o numero os morto como dos cativos, mais esto no entendemos que sse possa fazer geerallmente em todillos lugares, porque os vencedores em tall tempo sempre trazem mayor cuidado de apaharem os despojos dos jmmijgos, que contar per pessoa os o que sse faria deaquelles mouros, a quall cousa lhe el rey mujto gradeceu”.
Algunas fuentes sin concretar hablan de 10.000, número que intenta expresar una matanza sin sentido científico. En cuanto a las bajas portuguesas el propio Zurara habla de solo nueve o diez, cifra que ha sido explicada como que se trataba de miembros de la nobleza.
El domingo 25 se celebró una solemne misa en la antigua mezquita convertida en iglesia, donde se armó caballero a los hijos del rey. Después el rey comunicó su decisión de conservar la ciudad.
Es cierto que fue una conquista fácil, en un solo día, sin grandes bajas por parte de los portugueses y con grandes incógnitas en la actualidad. Es anormal que solo un pequeño número de portugueses entraran en la ciudad; que los ceutíes dejaran sus puertas abiertas; que el rey meriní decidiera abandonarla sin saber exactamente el número de combatientes lusos que habían entrado; que se pudiera tomar el palacio del gobernador o castillo sin esfuerzo porque fue abandonado por sus defensores, etc. Todos aspectos misteriosos de esta batalla. Pero según el profesor Duarte (Ceuta 1415), hay una serie de circunstancias, unas fruto de la casualidad y otras de la situación de Ceuta meriní que lo hicieron posible: la casualidad fue que dejaran la puerta de la Almina abierta para permitir que regresaran los combatientes musulmanes que habían salido a la playa a detener el desembarco; y en cuanto a la situación en la que se encontraba Ceuta en esta fecha hay que decir que, a pesar de lo que se ha dicho, estaba en decadencia y se enfrentaron un pueblo, el portugués, dispuestos a conseguir honores y glorias con ánimos acrecentados por la victoria de Aljubarrota sobre los castellanos, y un pueblo, el ceutí de los merinidas, abatidos y en decadencia.

4.      El legado portugués
Hay quien opina que la Ceuta de hoy no tiene nada que ver con los portugueses. Quien tal cosa dice es que está tan ciego mentalmente que no es capaz tan siquiera de reconocer las impresionantes murallas del foso cuando camina por su alrededor.
Pero, ¿qué es lo que nos une a Portugal?
Todo pueblo necesita una identidad que le confiere su nacionalidad desde un punto de vista racional. En el caso de Ceuta la conquista de Portugal interfirió un proceso histórico al que se sumaron todas las ciudades de España: el paso de un dominio musulmán a otro cristiano representado por Castilla o Aragón. En Ceuta ese paso los protagonizaron los portugueses y no los castellanos, y solo unos años después, en 1640, fue España la que consolidó el dominio cristiano.
Nos queda, pues, la duda de cómo es en realidad ese sentimiento nacionalista en Ceuta tras su conquista. Después de su  cristianización, su función como plaza fuerte y presidio, ―como Couto do homiciado―  (Beirante, M.A. 1997) hacen que se dude del sentimiento patrio de los ceutíes del siglo XV. Pero no es menos cierto que sus habitantes sabían que defendía un territorio portugués ―hasta 1640― y castellano después de esa fecha.
De cualquier forma, la ocupación de Ceuta por Portugal hizo que a lo largo del siglo XV Ceuta se fuera consolidando como ciudad, a pesar del hostigamiento exterior, de su aislamiento y del estigma de ser prisión, que le ha perseguido hasta principios del siglo XX. Portugal quería a Ceuta, la llamaba la “Joya de la Corona”, la mimaba y la defendía, hasta llegar a incumplir el pacto con los magrebíes tras el fracaso de la toma de Tánger, y permitir que un príncipe portugués, don Fernando, perdiera su vida por ella en las mazmorras de Fez, hecho que fue dramatizado por Calderón de la Barca en su obra “El Príncipe Constante”.
Con Portugal Ceuta adquiere una administración, un derecho, un urbanismo y una economía moderna y occidental cristiana de la que vamos a hablar a continuación.
Desde el punto de vista administrativo se regía por un gobernador que tenía jurisdicción civil y criminal, y podía designar a los que ocupaban los diversos oficios. La municipalidad estaba representada por la Cámara de la ciudad que perdurará sin cambios hasta su reforma en 1738. Los jueces y almotacenes vigilaban el mercado, el oidor se encargaba de administrar justicia, las noticias eran llevadas de y para Ceuta por los camihneiros y la administración financiera corría a cargo de almojarifes, contadores y escribanos de cuentas.
Como no podía ser de otra manera en una ciudad constantemente hostigada desde su conquista en 1415 por Portugal, la administración descansaba básicamente en el ejército. Su guarnición ordinaria la componían dos unidades de infantería: Bandera Vieja y Bandera Nueva. La primera se cree que se fundó en 1415 tras la conquista y la segunda en 1575 por orden de don Sebastian que estuvo un año antes en Ceuta.
La caballería estaba formada por unos 130 hombres, entre los que destacaban los escopeteros de a caballo, que se dedicaban a vigilar la costa de desembarcos de enemigos. Estas fuerzas de caballería eran dirigidas por el Anave.
El servicio de artillería correspondía a los bombarderos cuyo número oscilaba alrededor de unos 100. Estaban al mando del condestable de la artillería. Para el servicio de las armas estaban los polvoristas y los armeros.
Además de estas tropas podemos encontrar a los ballesteros, trompetas (tres al menos) y arcabuceros, soldados que recibían su nombre del arma que utilizaban.
Al frente de esta tropa estaba el gobernador de la ciudad que designaba los cargos militares. Podemos diferenciar entre aquellos cargos que se ejercían dentro de las murallas, como podían ser el alcalde mayor, alcalde menor, alcalde del mar y alcalde de las puertas; de los que lo hacían en el exterior que eran el adalid, atalaya, que se encargaban de vigilar las murallas como paso previo a la salida de las tropas para llevar a cabo alguna correría; atajadores que actuaban como punta de vanguardia en el avance y de retaguardia en la retirada; los escuchas, cuya misión era la de salir al campo exterior por las noches y atender a las posible operaciones de ataque que pudieran hacer los nativos de los aledaños. Estaban dirigidos por el arraez de los escuchas y, finalmente, los almocadenes, que eran quienes dirigían las operaciones de los anteriores.
También nos aportaron las leyes. El reino de Portugal se rigió jurídicamente mediante las Ordenaçoes Alfonsinas de 1446, Manuelinas de 1514 y las Ordenaçoes Filipinas, aprobadas por Felipe II en 1595. Esta legislación se aplicó en Ceuta como derecho común del reino, es decir, como parte integrante de nuestra ciudad en la corona lusa. Ni siquiera el levantamiento de Portugal en 1640 la modificó, pues Ceuta, a pesar de su adhesión a Castilla, la mantuvo como derecho foral propio. Felipe IV no tuvo más remedio que someterse a esta reivindicación como premio de su fidelidad a su persona. Una de las leyes más significativas de la modernidad legislativa de la Ceuta portuguesa fue el fuero de Baylio, que igualaba al hombre y a la mujer en el procedimiento hereditario. Por ser parte del derecho civil y, por consecuencia, menos dado a modificaciones, ha conservado su vigencia hasta nuestros días.

Desde el punto de vista del urbanismo las reformas con respecto al musulmán fueron significativas. La ciudad comprendía solo el Istmo, esto es el espacio desde las Murallas Reales hasta la actual plaza de la Constitución. El resto era, por un lado la Almina, extramuros de la ciudad, y por el otro, el campo exterior. Las ciudades medievales estaban constreñidas por las murallas y apenas encontramos en su interior espacios abiertos, salvo los atrios de las iglesias románicas. Pues bien en Ceuta se construye una ciudad moderna, cuyo ejemplo de espacio abierto es la plaza de África, que ha cumplido también los 600 años y donde se celebraban, y celebran, los fastos religiosos y civiles. En ese ámbito social se situaron edificios religiosos representativos.
Lo más significativo por razones obvias de seguridad fue el nuevo sistema defensivo que ha dejado una impronta insustituible en nuestra ciudad. El símbolo urbanístico de Ceuta son, sin duda, sus murallas. Como acertadamente dicen Fernando Villada y Ruiz Oliva, las murallas del Foso en su parte interior, fueron construidas por los portugueses en el siglo XVI siguiendo un sistema innovador renacentista. Esto supuso un cambio drástico en su fisonomía, que de delgadas y bajas, pasaron a ser de mayor altura y espesor, capaces de oponerse a la artillería pirobalísticas; es decir, la que usaba pólvora y que las murallas medievales eran incapaces de resistir. Solo basta comparar las murallas merinies con las del foso marítimo y podremos darnos cuenta de la diferencia entre el amurallamiento medieval y el renacentista. Aun hoy día es posible ver en el lienzo de murallas cercano al bastión de la Bandera, los impactos de los proyectiles que no pudieron derribar estas fortalezas.
El rectángulo que formaban estas murallas se encontraba cerrado por el lado occidental por el baluarte donde hoy día ondea la bandera nacional, que sería el comienzo de un lienzo de murallas que llegaba hasta el baluarte de San Luis. El camino de ronda de la muralla meridional, la conocida después como Brecha, comprendería desde este baluarte hasta el de San Simón. En el se abrían dos puertas: la de la Ribera y la de la Sardina. Desde el baluarte de San Simón otro lienzo de muralla cerraba la ciudad por el este. En su mediación encontraríamos la puerta de la Almina con un puente levadizo. Desde allí dos caminos arrancarían desde el Revellín: uno seguía el mismo trazado que en la actualidad sigue la calle Real y por el llegaríamos a donde después se construiría el convento de San Francisco. Por el otro, denominado del Valle, alcanzaríamos la ermita de ese nombre. Otro camino circundaba la Almina por el litoral sur: el tan conocido por los ceutíes como la Rocha. La muralla oriental terminaría en bastión de San Pedro, que era el punto de partida de la muralla norte, donde encontraríamos el lugar llamado Miradouro. A través de la muralla norte llegaríamos al después llamado bastión de los Mallorquines, hoy nuestro querido Puente del Cristo que daría paso a una puerta cercana, también con puente levadizo: la Puerta del Campo. Muy cerca del bastión de los Mallorquines se encuentra la puerta de Santa María, llamada así porque según la tradición por allí fue desembarcada la imagen de Nuestra Señora de África cuando llegó a Ceuta enviada por Enrique el Navegante. Estaría en el lugar que estuvo el Club de Actividades Submarinas (CAS).
       La Conquistadora, Virgen del Valle o Portuguesiña. Y, cómo no, la ermita de Nuestra Señora de África, junto a la cual se construyó en 1450 un hospital para peregrinos y en donde se venera la imagen de Nuestra Señora de África, enviada a Ceuta por Enrique el Navegante.
Los portugueses construyeron un gran espacio que conocemos como plaza de África. Allí estaría el palacio del gobernador, cerca de lo que después sería la maestranza de artillería y hoy el Parador de Turismo. También estarían los templos más emblemáticos: en 1421 se construyó la catedral de la Asunción donde se ubicó al principio la imagen de Nuestra Señora, conocida como
Esta imagen ha estado rodeada de múltiples leyendas a lo largo de la historia, una de las más conocidas es la de su aparición en 1419 en el Otero, cuando los fronterizos atacaban la ciudad recién conquistada por Portugal. Al margen de estas leyendas hay dos posturas históricas sobre su llegada a Ceuta. Para algunos pudiera ser una de las imágenes transportadas en la expedición que tomó la ciudad en 1415, algo muy corriente en los ejércitos cristianos de entonces. Otra de las posturas es que llegó unos años más tarde de la conquista de la ciudad y fue donada por Enrique el Navegante.
Su estilo es claramente gótico como se puede ver en el alargamiento de rostro. Es una imagen que representa a la Piedad, es decir la Madre con Cristo muerto en sus brazos, esculpida en madera y vestida con un manto azul. Su iconografía es del tipo theotocus o Virgen María como madre de Dios, en este caso sedente, lo que le da el matiz de convertirse además en trono de Cristo.
Su lugar de culto fue siempre la actual iglesia de Nuestra Señora de África, que comenzó siendo una ermita mandada construir también por Enrique el Navegante para dar culto a la imagen que había donado a la plaza, según se recoge en su testamento en 1460 (Fernando Villatoro Iglesias). En 1434 ya existía como parroquia, siendo confirmada como tal por el papa Eugenio IV en 1442. Con anterioridad, en 1420, el papa Martín había creado el obispado de Ceuta (José Luis Gómez Barceló). En 1752 se inauguró, por el obispo Martín de Barcia, la actual iglesia de África.
La Virgen de África fue nombrada patrona de Ceuta en 1651 después de la epidemia que asoló en estas fechas a la ciudad, siendo además instituido el voto, consistente en una serie de servicios religiosos que permanecen hoy día. En 1743, como consecuencia de una de las mas terribles epidemias de peste, fueron ratificados los votos y colocado en sus manos el aleo o bastón de mando de la ciudad (Antonio Carmona).
Otros templos cristianos irían surgiendo por la ciudad: Santiago, San Antonio, San Sebastián, San Blas.
Muy cerca, al final de un camino que serpentea la Almina, se encontraba la pequeña ermita de Nuestra Señora del Valle. Debió ser una antigua pequeña mezquita que fue transformada en iglesia tras la conquista. Según algunos, fue en esta mezquita consagrada donde se celebró la primera misa, y no en la mezquita mayor en la Plaza de África, transformada en catedral. En 1677 fue convento franciscano y durante la epidemia de 1744 fue convertida en Hospital para mujeres, teniendo que ser incendiada después para desinfectarla. En 1749 se había construido la nueva iglesia y destinada al culto. Fue cuartel desde 1772 a 1777. Durante los primeros años del siglo XIX sufrió diversas reparaciones, entre ellas la construcción del campanario. Hasta 1949 no fue declarada parroquia, segregándose de la de Nuestra Señora de los Remedios. Su imagen titula, la Portuguesiña o Virgen Capitana, de estilo románico tardío, hecha en piedra, fue policromada a mediados del siglo XX, y sufrido diferentes restauraciones, una de ellas en 1973 por José Pérez Delgado discípulo del escultor Castillo Lastrucci, hasta que como consecuencia de la celebración del sexto centenario de la Tomada ha sido restaurada por Álvaro Domínguez que le ha devuelto su estado originario.
Sus ruas han dejado su impronta en el callejero ceutí. A un lado y otro del istmo se encontraban la Banda del Norte o de Gibraltar, nuestro actual Paseo de las Palmeras; y la del sur o de Berbería. También podríamos callejear por las serpenteadas ruas del interior, que llevaban el nombre de las personas de prestigio que en ellas vivían o de los establecimientos allí situados: Pacheco, Araña, Alfandega, Oliveira, etc., y las pequeñas plazas: del Valle, San Blas y Puerta de la Almina.
 Pero también se trazaron nuevas calles, como la llamada Rua Dereita, actual calle Jáudenes y que en otro tiempo se llamó Larga de la Trinidad, por la ubicación del convento de los trinitarios. Allí vivía la nobleza portuguesa y era la calle mayor, la calle prestigiosa de la ciudad. Quien haya vivido en la calle Molino o pasado alguna vez por ella, debe saber que su nombre responde a un antiguo molino que existía ya en época musulmana. Asimismo, el nomenclátor de otras tantas calles ceutíes actuales reflejan el pasado portugués: Camoens, Simoa, Duarte, Beatriz de Silva…
Sus casas eran de una o dos plantas, casi todas con patios y huertas, en donde no faltaban los pozos y aljibes para paliar el déficit de acuíferos de la ciudad. Los restos de algunos de estos pozos han llegado a nuestros días. Eran la fuente principal del abastecimiento del agua de la ciudad, uno de los principales problemas con los que se encontraron los portugueses. Al perderse todo el campo exterior y quedar la ciudad constreñida al istmo disminuyeron mucho los acuíferos, como por ejemplo, el llamado pozo del Chafariz, situado en los actuales jardines de la República Argentina y que estaba en suelo magrebí. El abastecimiento se tuvo que hacer a base de los citados pozos y del acuífero del pozo del Rayo o de las Balsas, que databan de la época árabe y que los portugueses aprovecharon, llevando a cabo algunas modificaciones.
Desde el punto de vista demográfico se observa una progresión en el número de ceutíes conforme pasan los años tras la conquista. Juan I dejó en Ceuta unos 2.500 soldados si seguimos a Zurara, que, en su “Crónica de don Pedro de Meneses”, nos dice: “Sobre el número de gente que le debemos dejar… se ha concluido que le podía bastar dos mil quinientos hombres”.
En 1586 el doctor Jorge Seco, por mandato de Felipe II, realiza una visita de inspección y en su informe afirma que en Ceuta había un total de 809 personas. En los años siguientes aumenta la población hasta el punto de que en la ciudad portuguesa de Faro sus autoridades se quejan del grave conflicto que le ocasionaba el gran número de portugueses que embarcaban en su puerto con destino a Ceuta.
Era una población eminentemente joven y relativamente estable. Muchas veces se ha hablado de la escasa permanencia de sus habitantes en la ciudad. Es cierto, pero no totalmente, porque también podemos hablar de poblacional asentada, formada por las familias de aquellos funcionarios y soldados que constituían su administración civil y militar. Isabel y Paulo Drumón hablan de muchas familias con presencia de más de 20 años. Familias portuguesas asentadas, familias ceutíes como Pereira, Vaz, Franca o Almeida. La documentación demuestra que los militares que se quedaron en Ceuta cuando el día 2 de septiembre zarpó la flota portuguesa de regreso, reclamaron pronto la presencia de sus mujeres, y eso mismo hicieron los soldados que fueron llegando posteriormente. Una serie de datos estadísticos confirman esta estabilidad poblacional. Desde la conquista en 1415 hasta finales del siglo XVIII el número de familias portuguesas llegó a alcanzar cifras superiores a las 150; entre 1620 y 1671 anotamos más de 400 matrimonios en la única parroquia existente, la de Sagrario de la Santa Iglesia Catedral. Finalmente, una vez Ceuta bajo la corona de los Habsburgos, y hasta 1640, fecha de la emancipación de Portugal, apuntamos un total de 1.672 nacimientos que arrojan un promedio de 25 nacimientos anuales.
Pero el azote de los ceutíes era su alta mortalidad a causa de epidemias, hambre y guerras. Entre 1575 y 1640 se anotan más de 4.700 fallecimientos, con episodios de catástrofes demográficas graves como la de 1593, a causa de una epidemia; el de 1602, de nuevo a causa de una epidemia que hace sacar a los habitantes en procesión a la Virgen de África; o crisis de mortalidad causadas por naufragios o combates con los fronterizos como en 1618.
Era una población que mostraba un desequilibrio numérico a favor de los hombres, pero donde la presencia de la mujer portuguesa fue importante. Incluso entre enero y febrero de 1548 la gobernó de forma interina doña María de Eça, mujer del capitán Alfonso de Noroña, en ausencia de su marido.
En su cúspide social estaban los llamados hombres de frontera, nobles de las principales casas de Portugal y algunos descendientes de los que Juan I designó para acompañar a Pedro de Meneses: “homens especiaes” diría Zurara. Algunos dejaron destacados en Ceuta a sus capitanes, como el infante don Pedro, que cedió para su defensa a Gonzalo Núñez Barreto con 250 hombres de su casa.
Esta nobleza recibía por parte del reino luso las llamadas tensas y moradías. Las primeras eran pensiones vitalicias, concedidas como premios por los servicios destacados hechos a la Corona. Podían ser hereditarias y se concedían tanto a varones como hembras. Las moradías podemos calificarlas como una especie de compensación de residencia. Iba generalmente asociadas a la distinción de hidalguía o de algún hábito de orden militar y no podía heredarse.
Además encontramos mercaderes y artesanos de los más diversos oficios, y no podemos olvidarnos de unos personajes de gran simbolismo para Ceuta, como eran los facheiros, que desde el promontorio o Hacho, vigilaban el Campo Exterior.
Junto a la población asentada encontramos otra fluctuante formada por soldados y presidiarios. Aquellos soldados que no procedían de Portugal, lo hacían desde la vecina Andalucía, que ha mantenido con Ceuta siempre una relación necesaria, lo que explica la pacífica transición de la Ceuta portuguesa a la española. Según Carlos Posac algunos de esos soldados llegaron a casarse con mujeres portuguesas. El mestizaje comenzaba.
Los desterrados o degradados formaban parte del sistema penitenciario portugués denominado Couto do homiciado, curioso sistema que consistía en que los nobles portugueses, y los menos nobles, podían cumplir su condena defendiendo los lugares fronterizos, como Ceuta. De esta manera no solo saldaban sus deudas con la sociedad, sino que ejercían el alto honor de defender a su patria.
Desterrado insigne fue el poeta portugués Luis de Camoens, desterrado por amor, como no podía ser menos en un poeta. Pasó dos años en nuestra ciudad y dejó hermosos versos sobre el valor de sus habitantes, como estos:
Que alí tambem da vida foi privado
Tionio meu, ainda em flor cortado”
Son versos dedicados a la muerte de su amigo Antonio de Noroña que falleció en el combate que tuvo lugar en el sitio denominado La Condesa, y que demuestra que la población desterrada no era toda de mala calaña como se podía pensar a priori.
La Modernidad se caracterizó también por la aparición de las hermandades de Caridad, una vez que a los monasterios medievales le sucedieron los conventos en las pobladas urbes y que las doctrinas reformistas de Lutero y Calvino obligaron a una mayor presencia de los católicos en la sociedad. En Ceuta, estas hermandades tuvieron también origen portugués. A semejanza de la de Lisboa, se creó, entre 1502 y 1521, la Real Casa de Misericordia, que recogía, al decir de Manuel Cámara, las catorce obras de misericordia citada por San Mateos en su Evangelio. Esta institución fue plataforma social, que adquiría su protagonismo tangible en las celebraciones públicas, en especial en Semana Santa. Sus hermanos debían presentar el expediente pertinente de “limpieza de sangre”. Pero también era socorro de los desvalidos y, como otras obras de misericordia, llevaba a cabo un aporte de regeneración social y reinserción a través del trabajo. Disponía además de un hospital, que era el único existente en la ciudad hasta la construcción del Hospital Real en la Plaza de los Reyes a principios del XVIII. Entre sus obras de caridad destacan la asistencia a enfermos y moribundos, especialmente a los hermanos de la Casa; la ayuda a “bien morir” a los condenados a muerte; el acogimiento de doncellas desvalidas y, sobre todo, la asistencia a los niños abandonados por sus padres por causas económicas u otras menos materiales, abandono que, por desgracia, era muy frecuente en la época. Más de la mitad de estos niños fallecían lamentablemente a los pocos años.
Además de esta hermandad existían otras ligadas a los militares y, sobre todo, la concesión del Hábito de Cristo a los nobles residentes en esta ciudad.
No era la de Ceuta una sociedad cerrada, a pesar de que eso sería lo lógico por su aislamiento geográfico. Por el contrario, mostraba en los siglos XV y XVI una diversidad poblacional que la convertía en una ciudad cosmopolita: húngaros, franceses y alemanes, compartieron la vida con los portugueses. También lo hizo un grupo de armenios, algunos de los cuales adquirieron el apellido López y se dedicaron al comercio. Pero el grupo más numeroso de extranjero fueron los españoles. A la diversidad étnica contribuían también los judíos y los musulmanes de paz, que entraban cada día en la Plaza a vender sus mercaderías.
Con Portugal, Ceuta formó parte por primera vez de un estado europeo, y su agricultura y su comercio estuvieron desde entonces bajo el sistema económico que regía Europa, el mercantilismo.
El alemán Nicolau Lankman, que visitó Ceuta durante la época portuguesa, alude al cultivo de legumbres, y Mascareñas destaca las excelencias del trigo que, aunque escaso, era de buena calidad. Se cultivaba en la Almina, despoblada por aquel entonces, y convertida en terreno agrícola. En ella encontramos fincas como la de Berrio, Valdeflores, Otero y La Vaca. Allí mismo pastaba el ganado hasta que, tras el cerco de Muley Ismail en 1694, la población se desplazó a la Almina repoblándola y haciendo disminuir su función agrícola. Cuando la producción agropecuaria no era suficiente y desde Portugal no se podía surtir a Ceuta, se traía el cereal- grano desde los puertos andaluces.
Pero donde el mercantilismo adquiría su esencia fue en el comercio, que se ejercía tanto con la capital del reino como con el Islam, autorizado por el papa Martín V, dispensándose desde 1459 a sus habitantes de pagar el diezmo de las mercancías llevadas desde tierras marroquíes a Lisboa. Lo desempeñaban los portugueses, pero también genoveses, mallorquines, venecianos y catalanes, que se hallaban en la ciudad antes de la conquista portuguesa, y permanecieron en ella.
La importancia económica de Ceuta se aprecia desde la época musulmana. Había en esa época una ceca que continuó funcionando con los portugueses. Portugal acuñó una moneda durante el reinado de Alfonso V a la que le puso el nombre de ceitil, en referencia a nuestra ciudad, aunque otros autores como Paulo Drumond, opinan que se acuñaron en la época de Juan I para celebrar la conquista de la ciudad. Esta moneda circuló hasta finales del siglo XVII y fue una de las utilizadas por Colón para comerciar con los indígenas americanos: “fasta que vi dar dieciséis ovillos de algodón por tres ceutíes de Portugal”, escribiría el navegante genovés en su diario.
La Casa de Ceuta en Lisboa, se encargaba del abastecimiento y del control de los viajeros que pasaban a ella. Era una especie de Casa de Contratación como la de Sevilla, pero dedicada en exclusiva a atender las relaciones de Lisboa con Ceuta. A ello hay que añadir la importancia del abastecimiento que recibía la ciudad desde las costas andaluzas, en especial desde Málaga.
No podemos olvidarnos de dos actividades económicas especiales: el corso y el comercio de cautivos, de los que vivieron una gran parte de la población de Ceuta durante la ocupación portuguesa.
La Iglesia en Ceuta era omnipotente en estas fechas, pero también ponía su afán en solventar algunas dificultades, como el socorro de los que caían en manos de los musulmanes fronterizos. Y esto le podía ocurrir a los habitantes de Ceuta, pero también a los de la costa andaluza, donde los piratas asolaban de vez en cuando los pueblos marineros. Para paliar este sufrimiento los frailes trinitarios y mercedarios recaudaban limosnas con la que pagar la redención de esos cautivos. Solo a modo de ejemplo y para que se aprecie el valor de la vida humana en aquella época citaremos uno de los apuntes del libro de cuenta de estas congregaciones:
Cárguese más cuatrocientos y cuarenta reales que valen catorce mil novecientos y sesenta maravedíes que recibieron de Sebastián Andrés, vecino de Granada para ayuda al rescate de dos hijos suyos que el uno se llamaba Andrés García cautivo en Fez y el otro Mateo Andrés cautivo en Tetuán.
Portugal está también presente en las tradiciones religiosas, como la de San Antonio de Padua, nacido en Lisboa y que cambió su nombre, Fernando, por el de Antonio cuando vistió el hábito franciscano. Como afirma José Luis Gómez Barceló, fueron los portugueses los que trajeron la tradición de esta santo universal a Ceuta donde hubo hasta dos ermitas bajo esta advocación. Tampoco podemos olvidarnos de una santa
nacida en Ceuta, nieta de Pedro de Meneses, doña Beatriz de Silva. Nacida en Ceuta y no en Campo Mayor como se ha afirmado, era hija de Ruy Gómez de Silva, noble portugués que estuvo en Ceuta alrededor de 1422 donde contrajo matrimonio con Isabel, hija de don Pedro de Meneses. Llegó a Castilla en 1447 acompañando a Isabel de Portugal que contrajo matrimonio con el rey castellano Juan II. Fue fundadora de la orden Concepcionista. Bajo la protección de Isabel la Católica fundó en Toledo la Orden de la Concepción Franciscana en 1484. Falleció en Toledo en 1492, siendo beatificada en 1926 y canonizada en 1976.
Entre 1535 y 1538 estuvo en Ceuta San Juan de Dios; y en 1570 murió en un naufragio en el Atlántico Manuel Pacheco, uno de los llamados Mártires del Brasil.
Gracias a Portugal Ceuta es obispado, porque en 1421, el papa Martín V proclamó la bula en la que se la nombraba como sede do bispado in pártibus de Marruecos, y en 1570 se le unió Tánger.
Por último, Portugal no solo introdujo a Ceuta en la Europa Moderna, sino que también nos ha dejado símbolos que forman parte del sentimiento del ceutí. El aleo, o bastón de mando que ostentara Pedro de Meneses y que es el símbolo de poder en Ceuta; su escudo parecido al de Portugal; la bandera con los colores de la de Lisboa, y el pendón real. Este simboliza no solo el sentimiento del pasado portugués, sino
también el de la españolidad de Ceuta. Porque el primer pendón que ostentó la ciudad lo llevó en 1415 el rey Juan I, tejido por su esposa Felipa de Lancaster. Pero en 1580, el corregidor de Gibraltar, Antonio Felice de Ureta, llevó a Ceuta para tomar posesión de ella en nombre de Felipe II, un estandarte con las armas de Portugal por una de sus caras y de Castilla por la otra, símbolo de la pertenencia de Ceuta a ambas naciones. Es el que se conserva actualmente en las vitrinas del Palacio de la Asamblea.
 Como dicen Isabel y Paulo Drumon “Vivir en Ceuta en los siglos XV a XVII parece haber sido una aventura entre fascinante y desoladora. Al colorido de los trajes de los cristianos, judíos y musulmanes que iban y venían o habitaban permanentemente la ciudad, se unían la lengua hablada por esas mismas gentes, la practica de diferentes religiones, el recelo de ser hecho cautivo, las conversiones de los cristianos al islamismo o de los musulmanes al cristianismo, pero también la transposición de un tipo de vida que en todo se pretendía que fuera semejante a la de Portugal”.