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sábado, 3 de agosto de 2013

CARTAS DESDE EL PASADO


EVENTOS






ARTÍCULOS DE OPINIÓN


No son extraterrestres

Una sociedad es como un plato gourmet: Cuanto mejor sean los ingredientes mejor sabrá. No es posible hacer un plato de diseño con ingredientes de deshecho. La sociedad española tiene buenos ingredientes, a veces hasta muy bueno, pero algunos de los productos que aderezan el menú son manifiestamente mejorables.
Pero lo que más  perjudica el sabor del producto final es la falta de algún ingrediente. Por ejemplo, si no se sazona suficientemente tendremos una comida sosa.
Uno de esos ingredientes que falta en nuestra sociedad es el sentido de la responsabilidad. Son pocos los españoles que admiten ser responsables de lo malo que sucede en nuestro país. Si los gobernantes a los que han votado no son los que ellos pensaban, hay veces en los que siguen votándolos, si derrocharon en épocas pasadas, son los gobernantes y los bancos los que le obligaron a derrochar, y así uno tras otro asunto son eludidos como responsabilidad propia.
Los concejales de los ayuntamientos acusan a los alcaldes de ser los responsables de las deficiencias que encuentran en la ciudad o pueblo, los alcaldes acusan al presidente de la comunidad de no proveerlos de lo necesario para esas atenciones, los presidentes de las comunidades autónomas acusan al gobierno central de maltratarlos en el reparto de la "tarta" y el presidente del gobierno se carga con todos los males del país, aunque en algunos de los asuntos no pueda ni si quiera entrar.
Pero es que a nivel ciudadano también nos encontramos con esa falta de responsabilidad. Cuando se trata de cumplir con las ordenanzas, las leyes o las responsabilidades contraídas con la sociedad, hay quienes tratan de burlar esas normativas y eluden su responsabilidad como ciudadanos, ya sea evitando de la forma que sea el pago de los impuestos que le corresponde, ya sea escondiendo al trabajador bajo la alfombra de la economía sumergida, ya sea incumpliendo las leyes cuando no hay un policía detrás que le conmine a cumplirla.
Esa falta de responsabilidad se hace muy grave cuando se trata de no contribuir al bien común con sus impuestos. Se llega hasta el extremo de alardear de ser más listo que nadie si no paga el  IVA e incluso se presume de ello delante de otras personas que sí pagan sus impuestos, sin percatarse, (o dándole lo mismo) de que le está diciendo a esa persona que es el tonto más tonto del pueblo porque paga lo suyo y lo de los demás. No creo que la gente sea tan incompetente que piense que no pagar impuesto no dañe a nadie. Creo, por el contrario, que lo sabe perfectamente, pero que adormece su conciencia con el peregrino pensamiento de que si pagan su dinero se le llevan los políticos.
Habría que decirle a esas personas bien claro que si los políticos se llevan un dinero que no le corresponde, lo suyo es que vayan a la cárcel; pero que ellas, esas personas tan listas que eluden pagar como muchos lo hacen, tiene la obligación de cumplir las leyes porque en caso contrario no tendría ningún derecho moral de criticar al político-ladrón.
Y llegamos a ese punto al que quería llegar. Nuestros políticos salen de esta sociedad a la que le falta sal y algún que otro hervor. No son extraterrestres. Si no tienen la preparación necesaria es porque hay muchos españoles que tampoco la tienen; si roban es porque así lo han aprendido desde que han visto como era la sociedad en la que estaban, si se convierten en orgullosos y se alejan de la realidad social es porque todo aquel español que asciende socialmente se convierte de inmediato en un “ser superior” incapaz de entender a quienes están abajo, sea en el escalón que sea, o en la profesión que sea.

No son extraterrestres nuestros políticos. Son aquellos que están en nuestra misma sociedad , que viven en nuestras ciudades y que maman lo que muchos han mamado.


De las listas abiertas y otras aspiraciones democráticas


Aunque haya que decirlo a grosso modo, es notorio que la democracia nació en Grecia y que su nacimiento vino dado por la estructura de polis, que concentraba en poco espacio a un número determinado de personas que no sobrepasaba un límite necesario para el entendimiento mutuo.

En esas circunstancias ya los filósofos griegos hablaban de la necesidad de que se pudiera extender el derecho de participación a todos los que ostentaran el título de ciudadano, para lo que había que dotar de igualdad de oportunidades a todos ellos. Por supuesto que esta premisa no se cumplió y que solo los miembros de las oligarquías de las polis tenían acceso a la actividad política, pues eran los que disponían de tiempo para ejercerla, tiempo que le otorgaba su holgada posición económica y la posesión de esclavos que trabajaban para ellos.

De igual forma en las ciudades medievales, únicas instancias en las que el sistema feudal no podía extender sus tentáculos, la pretendida participación ciudadana, que en los primeros tiempos de esa edad oscura se concentraban en los atrios de las iglesias para decidir en concejo abierto, fue perdiendo consistencia conforme aumentaba la población. Fue, pues, la nobleza urbana y la burguesía la que se hizo con el control de las magistraturas que pasaron incluso a ser hereditarias.

En el siglo XIX, con la llegada de la nominada revolución burguesa, se volvió a ese intento de participación ciudadana plena, pero los que ostentaban el poder pusieron sus clausulas excluyentes que fue el sufragio censitario. Cuando por fin se consiguió el sufragio universal, los votantes se vieron abocados a votar a los partidos burgueses más progresistas, que eran los que tenían medios económicos para participar en política y los partidos obreros fueron incapaces de llegar al poder. En la segunda república española, esos partidos solo alcanzaron cotas de poder apoyando a los partidos no obreros en el gobierno.

Las democracias modernas han intentado solucionar esto mediante el pago a los representantes de unos emolumentos que les permitan vivir con comodidad mientras representan al pueblo. De esa manera, cualquiera, procediera de la clase social que procediera, se puede dedicar a la labor política sin menoscabo del sustento de su familia.

También este método se ha viciado, porque convierte la política en una profesión casi funcionarial, aleja a los políticos del mundo laboral y los sueldos elevados de que disponen, así como otras bagatelas, hacen que la codicia, y no el servicio, sea la motivación principal de nuestros representantes.

En un afán por hacer la democracia más pura, se vocea como panacea democrática las listas abiertas, para que no sean los aparatos de los partidos, sino las personas, las que se presenten ante su electorado. Este eslogan, que se corea con frecuencia con buena o mala intención, lo ignoro, esconde su trampa, pues de nuevo sería la posición social y económica de los candidatos la que imperase a la hora de las campañas electorales. No nos cabe la menor duda de que aquellos que tengan más medios económicos propios, serían los que conseguirían más votos, pues pondrían en liza proyectos empresariales deslumbrantes, medios importantes en las campañas ayudados por los poderes facticos que los auparía al poder en beneficio propio y en el de un largo etcétera de ventajas que no tendrían otros. Aun en el caso de que las leyes procuraran una justa distribución del dinero de los partidos entre todos los candidatos, en una sociedad libre y abierta como la nuestra, sería impensable impedir que se buscaran medios adicionales para conseguir el voto.

No son, pues, tan fáciles las soluciones como se dice en las soflamas de aquellos que quieren modificar el sistema, porque, al fin y al cabo, lo material se impondría, como siempre se ha impuesto, en las decisiones de los humanos.




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6-6-2014